LA SOLEDAD DE LA LUNA. 1980.

Es en su cuarto libro, “La soledad de la luna”, cuando podemos hablar de cierto cambio, renovación en su lírica. En “la soledad de la luna” son más patentes las frases cavafianas; los símbolos nos son ya familiares, pero aquí aparecen enriquecidos por la luz del recuerdo y de la entrega en el silencio. Si bien el recuerdo también es la impotencia del deseo, con la madurez se va tiñendo de melancolía y de serenidad. No cabe duda que las lágrimas de nuestro poeta han acabado fecundando el crepúsculo.

Fragmentos del recuerdo.

Hace varios meses
volví a la vieja pensión de la ciudad
donde hicimos el amor,
al mismo número de habitación.

Todo permanecía igual.

La vieja cama de madera, la mesita de noche
con el cristal roto en un pico,
la lámpara (sin luz)…, como aquella noche fría,
el destartalado armario y su espejo picado,
sucio y enmohecido por el paso de los años.

Aquel espejo
donde contemplé por primera vez
tu joven belleza.

Intenté leer, dormir.
Pero los recuerdos se agolpaban en mi soledad.

Apenas pude conciliar el sueño. Decidí abandonar
aquel cuarto de paredes pintadas de amarillo
y cortinas rojas.

Al salir escribí tu nombre
sobre el vaho del espejo del lavabo.

Qué distinto era todo sin tí,
sin tu agradable compañía desinteresada,
natural,
espontánea.

Aquella noche.

Aquella noche,
decidimos romper en mil trozos
nuestro idilio,
nuestro pasado de sueños,
realidades y esperanzas,
partir con las manos
el viejo espejo de rostros y sombras mudas…
donde tantas veces nos contemplamos,
sin máscaras de papel pintado,
frente a frente.

Bajamos las escaleras,
en el último peldaño nos detuvimos un instante,
allí nos despedimos,
el deseo,
la emoción de aquel interminable adiós
nos puso tristes.

Hacía frío, mucho frío,
creo que los amantes tiritaban en sus lechos,
temblaban como niños asustados,
como criaturas poseídas por el miedo.
Hacía frío, mucho frío. ¿Recuerdas?

Ha pasado demasiado tiempo.

Ha pasado demasiado tiempo.
Pero el recuerdo se mantiene vivo,
fresco como aquel día,
como aquella tarde del mes de agosto.

Era verano…,
la cal ardía en las calles del pueblo,
el sol
caía sin piedad
sobre nuestros jóvenes cuerpos.

Nos amamos sobre el viejo diván rojo,
sobre los almohadones del sofá de nuestra juventud.

Teníamos diecisiete años. Creo que éramos
demasiado jóvenes para un amor sincero.