El Cardo de Bronce. 1988

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Portada del número  14, monográfico y extraordinario de la revista literaria  castellano-manchega “El Cardo de Bronce”, que le dedicó en 1988 , al Poeta Joaquín Brotons, en la que colaboraron más de 60 escritores, entre otros: Pablo García Baena (Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana), Luis García Montero ( Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica), Carlos Murciano (Premio Nacional de Literatura), Vicente Núñez y Luis Antonio de Villena (Premios de la Crítica), junto a los pintores: Gregorio Prieto, Oscar Benedí, Manuel Domingo Castellanos, Dimitri Papageorgio, Carlos de la Rica y Juan Sánchez de la Blanca, entre otros creadores.

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Pasión y vida (Antología 1977-2017). (2017). Editorial Verbum. Colección Poesía.

Pedro Antonio González Moreno, filólogo, poeta, narrador,  ensayista, estudioso de la poesía española, crítico literario y uno de los mejores conocedores de la obra de  Joaquín Brotóns, es el autor de la selección de los poemas y de un magnífico estudio introductorio a toda la obra publicada de J. Brotóns, texto titulado: “La lírica de un griego exiliado en Valdepeñas”, prólogo al libro: “Pasión y Vida (Antología 1977-2017”, publicado por la editorial Verbum.

Asimismo, ha redactado el texto de la contraportada de dicha antología, en la que escribe:  “Cuarenta años después de la publicación de su primer libro, esta antología recoge una amplia y representativa muestra de la poesía de Joaquín Brotóns, un espicúreo de La Mancha cuya voz, entre el neorromanticismo y el neocultuaralismo, está cuajada de acentos paganos, de aromas báquicos y brisas sensuales del sur; pero una voz que también está forjada con los mimbres de la soledad, el desamor, la marginalidad y el desengaño. Una conciencia escindida entre dos impulsos en lucha permanente: por un lado, el deseo,  la pasión amorosa o la aspiración a la belleza; y por otro, el enfrentamiento con una realidad hostil que acosa al poeta con el “hipócrita carnaval de las máscaras sociales”.

Aquí, trascribo dos de los poemas inéditos, que ha incluido en “Pasión y Vida (Antología 1977-2017)”.

HACE TANTO TIEMPO.
A Pedro y Rocío.
Hace tanto tiempo que duermo solo, amor mío, joven amante,
que ya apenas si recuerdo aquellas cálidas noches de estío
en las que dormía abrazado a tu rutilante  cuerpo de Adonis, en el tálamo
del amor, cuando acariciaba tu escultural torso de mármol blanco,
tu atlético y terso pectoral de dios griego, que, desnudo, me ofrecía
su belleza viril, masculina de muchacho de veinte años.
JOVEN DEL ESTE
Para Miguel Carmona.
Era uno de esos chicos bellos, soñados en la alta madrugada,
nacidos para el fogonazo del placer de un instante,
que casi no parecen humanos de tanta hermosura como poseen.
Pero su belleza era real, como la amargura de la vida,
cuando el desamor te atrapa entre sus negras fauces,
devorándote en su carnívora boca de tiburón hambriento.
Aquel muchacho era un adonis tarifado…
un dios pagano, que, bajo sus impolutas alas de arcángel,
escondía la experiencia de una vida  dura, cruel, cainita,
que gemía en la noche, cuando el sexo grita de placer
y su eco ensordecedor retumba en las tumbas
de los enamorados del placer oscuro.
RESEÑAS SOBRE “Pasión y vida (Antología 1977-2017”, de Joaquín Brotons.
Entre las diversas reseñas, que la prensa escrita y digital ha publicado sobre: “Pasión y Vida (Antología 1977-2017”, cuyos autores puede encontrar en la sección: “Bibliografía”, cabe destacar la que el reputado escritor, Luis Antonio de Villena (Premio de la Crítica), hizo en Radio Nacional de España, en el programa cultural: El ojo critico”, que pueden escuchar en ésta página, en el apartado  “Mas”:”Vídeos”.
También es muy interesante la reseña, que escribió, Martín-Miguel Rubio Esteban-Catedrático de latín y doctor en Filología clásica por la Universidad de Salamanca, que redactó en el diario digital: http://www.elimparcial.es, en “Opinión”, el día 11 de octubre de 2017, en la que escribe: “El viernes 24 de marzo se presentó la última Antología de nuestro admirado poeta y amigo Joaquín Brotons, espíritu romántico y dionisíaco, y quizás el más grande poeta manchego del último cuarto del siglo XX. El presentador mostraba su extrañeza por la poca producción poética que Joaquín Brotons ha hecho en los últimos veinte años. Pero es que el sino de los poetas románticos y dionisíacos; su espontaneidad vital en la expresión del espectáculo auténtico de su alma los agota; su total entrega personal en la obra les deja sin combustible, exhaustos, extenuados, consumidos, crucificados…”

ESPEJO DE SOMBRAS. 2011.

Dicho libro, que publicó la Concejalía  de Cultura del Ayuntamiento de Valdepeñas (Castilla-La Mancha), en su colección: Biblioteca de Autores Locales, en “Edición Selección”, número 6, cuyo autor de la introducción es Amador Palacios, licenciado en Filología Española, poeta, ensayista,  traductor, conferenciante, estudioso de la poesía española,  crítico literario  en el diario “ABC”, en la edición de Castilla-La Mancha y prologuista del libro, que escribe:”Espejo de Sombras es un memorando escrito al completo detalle. Friso que nos informa de la historia (la Bodega Brotons) y la intrahistoria (los personajes, chicos y grandes que conforman aquélla) y que, sobre todo, nos lleva a imaginar con énfasis un decurso vital lleno del grato, aún en sus momentos duros, sabor de la experiencia transcurridos por una Valdepeñas tan dinámica y permanente. Decía Galdós que una ciudad no existe si no hay un escritor que la cuente, si no es rescatada por la literatura. Joaquín Brotons interviene así a contribuir positivamente con esta sentencia galdosiana, insuflando el aire necesario y perenne para que las ciudades, y más un villa noble y leal como Valdepeñas, jamás mueran, gracias precisamente al artificio de los genios literarios, que son los que mejor las conocen pulsándolas con excelente aptitud.”

¿ REGRESAR AL SUR ? 2007.

La colección: “Pliegos del Impresor” ,  en su número 1. Valdepeñas, 2007, publicó , en edición no venal de 250 ejemplares para amigos, éste texto, que Pablo García Baena (Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana) calificó como “poema joya”, ya que se trata de un extenso poema escrito en prosa poética. Y el filólogo, escritor y crítico literario de el diario “ABC”,  Amador Palacios, escribió, en una reseña que hizo sobre ¿Regresar al sur?, publicada en el diario:  El Día de Ciudad Real, el 3/2/2008:”…Esta prosa sentimental, la poesía aflora con un vaho muy seductor, pues ofrece prietas y encadenadas imágenes encargadas de consolidar el más puro lirismo. Cláusulas que exhiben un verbo preciosista y barroquizante en el que la nostalgia, siendo un vivificador “continuum” en el poema, eleva estéticamente un discurso soberano en que contradicción, paradoja y acatamiento vital dominan. Evocación que fuertemente contrasta con estas pinceladas del autorretrato del poeta de hoy ejecutado con una factura gótica e, insistimos, muy romántica…”.

¿ Regresar al Sur ?

A Pablo García Baena.

Qué sentido tiene volver al sur. Muertos los amigos:
Rafael Pérez Estrada, Vicente Núñez, Rafael Medina…;
regresados a su Córdoba natal Pablo García Baena y José de Miguel,
nada es igual en la “Ciudad del Paraíso”.
Aquellos bares nocturnos de ambiente…,
donde encontrábamos radiantes a los viriles efebos sureños de piel
africana y labios de coral, ya no existen. Cerraron sus puertas:”Arcos”, “La bubú”,
“La rosa negra”, “Potros”…, en los que el alcohol brillaba en los ojos negros de
la pantera hambrienta-el leopardo del deseo-, cuando el ron y el whisky tenían sabor a noche estival y los cuerpos de fuego incandescente cubiertos de escamas azules,
de espuma y salitre, quemaban,
abrasaban el gélido viento escarchado que marchita las biznagas,
que brotan en aquella tierra maravillosa en la que el sexo es siempre grato,
natural, espontáneo y gozoso,
sin ridículos prejuicios ni tabús de caducos burgueses de doble moral.

Qué habrá sido de aquellos hermosos muchachos bisexuales,
que compartían nuestras interminables noches de placer,
junto al pecho azul y arenoso de las playas de un Mediterráneo
que estrellaba sus olas contra los dorados torsos de mármol tallados a gubia y cincel.
Que sería de Rafael, Miguel, Juan y tantos otros andaluces hedonistas
-muchachos venales-,
que endulzaron mis frías noches solitarias
en las que el sexo se convertía en amor,
ya que, nunca he podido desnudarme si no he sentido el rapto, el arrebato de amor…
-aunque sólo fuera unos instantes, unos minutos-,
el temblor de la pasión recorriendo mi cuerpo,
que se estremecía al palpar la piel de terciopelo rojo de un mancebo pleno de vida,
lleno de vitalidad que brotaba de la fuente de su sexo enérgico.

Qué sentido tiene regresar al sur, si ya todo es distinto.
Y, sin embargo,
sigo volviendo cada año fiel a la cita con la belleza efébica,
el contacto carnal que, cual río de lava baja embravecido,
furioso, desbocado, enloquecido,
como una yegua salvaje que relincha a la luz cegadora de la luna llena,
buscando en la oscuridad estrellada la nieve y el perfume a violetas
y azahar del amor que rueda por la montaña escabrosa y recorre impetuoso
el inmenso campo lunar de rocas de nácar y marfil,
el bosque de espaldas de bronce, hierro y acero,
la selva de esculturas de piedra y afiladas navajas de empuñadura de asta de toro,
que se derriten ante la belleza de los dioses del Olimpo terrenal.

Por qué vuelves donde fuiste feliz,
si sabes que has envejecido y tu tiempo pasó,
que sólo quedan rescoldos que carbonizan, hieren mortalmente
y el sol ya no ilumina tu amplia sonrisa de ayer,
en la que se dibujaba los gruesos y sensuales labios de la pasión amorosa.

Por qué regresas, si ya todo es diferente y tu mundo ha muerto,
caducado, olvidado entre las rotas tumbas del desamor, en las que crece la maleza,
desaparecido entre las amarillentas sábanas de encaje que adornan el pasado
esplendoroso, cálido, que trepa por las alas de un gigantesco ángel de bronce cubiertas
de laurel-hiedra y crece junto a las acequias y los estanques rebosantes de agua
perfumada con pétalos de rosas rojas y blancas, que inunda los espejos isabelinos
que decoran tu casa, en la que duermen los polvorientos sillones art- decó
junto al aparador alfonsino y los relojes “Ojo de buey” centenarios,
que franquean las amarillentas fotos color sepia de tus antepasados,
que contemplan los retratos de tus jóvenes amantes,
siempre bellos, narcisos e infieles compañeros,
jóvenes soldados en la batalla…, hermosos,
como buganvillas azules y moradas en flor que recorren el muro impoluto del amor.

Ya nada es igual y las ensordecedoras trompetas de plata repujada tocan retirada.
Vuelve a tu celda de ermitaño, poeta, y añora en soledad los días dorados del amor
juvenil, pleno de luz celeste, que se filtraba por los huecos de la pasión
que viviste intensamente, cuando eras feliz y acariciabas los sensuales labios del placer
oscuro, proscrito por la sociedad bienpensante…,
aquellos labios frescos, húmedos, hoy resecos y fragmentados,
en los que la piel dibuja un extraño mapa de cuevas y cavernas vacías,
abandonadas por el hombre y habitadas por alimañas voladoras.

No vuelvas más al sur, poeta, que tu tiempo feneció. Y las nuevas generaciones,
que ayer buscaban tu compañía, hoy huyen despavoridas ante el viejo escéptico,
solitario y dipsómano que, en soledad, en la alta madrugada, agota la última copa -ya
prohibida por los médicos-, mientras contempla la anhelante belleza que debe dejar
pasar, aunque la desee inmensamente, apasionadamente,
como cuando era más joven y se entregaba en sus brazos de granito rosado,
en las fuertes ramas que brotaban del atlético torso del cuerpo deseado,
cuya delicada y tersa piel de Hermes acaricia las finas y delicadas aristas de un sueño;
el sueño del amor sureño que, tantas veces poseíste entre tus manos,
haciéndolo realidad, besándolo, acariciándolo dulcemente,
mientras la luna llena vigilaba la agitada respiración del viento huracanado,
que esculpía enigmáticas sombras sobre la fina arena la playa
que la marea devolvía al fondo del mar, junto a los galeones y sus tesoros hundidos,
envolviéndolas entres la niebla y el rumor atronador de las gigantescas olas que
arrojaban viejos troncos, algas y raíces contra el malecón del desamor,
el destartalado muelle de madera podrida en el que se estrella el barco de los sueños,
la frágil nave en la que jóvenes y musculosos marineros de torso desnudo beben vino
y vermut en grandes caracolas con olor a mar revuelto, enfurecido…,
que excita sus instintos sexuales, cuando las estrellas son cómplices de los cánticos
con que, ebrios y medio desnudos, saludan al nuevo día que iluminará su vida sureña.

Málaga, 2006-Valdepeñas, 2007.

JOVEN ILICITANO. 2007.

Esta primera edición del cuaderno para amigos, Joven Ilicitano,  publicado por la Colección: “El Impresor”, nº 1. Valdepeñas, 2007, que  consta de 350 ejemplares firmados y numerados por el autor, cuyo preámbulo realizó el catedrático y profesor titular de Literatura Española,  en  la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha,  en Ciudad Real, Jesús  María Barrajón, escribe en el prólogo: “…La lectura de Joven ilicitano nos devuelve la idea de la literatura como confesión y traslado directo de lo vivido a la escritura. Su fuerza reside precisamente en ese carácter autobiográfico, así como en un modo  expresivo que se abandona a la vehemencia de nombrar el paraíso y el infierno  a través de de enumeraciones de imágenes sensuales que nos trasmiten una idea del placer y del dolor. El centro de esta prosa poética es el corazón del poeta, una vez más desgarrado en su enfrentamiento con la vida. Es un texto inhabitual y arriesgado que inaugura, junto a los cinco poemas de “Adiós, muchachos”, una nueva época en la poesía de Joaquín Brotons, tras ese intermedio de contención expresiva y sentimental que fue “Reencuentro en el sur” (1987). La apuesta, personal y literaria , es grande. El autor conoce sus riesgos de cara a un público lector desacostumbrado a este tipo de manifestaciones directas de la sentimentalidad. Lo que nadie podrá negarle es valentía y, sobre todo, coherencia con la que ha sido su idea de la literatura, lo que, en el caso de Joaquín Brotons, es tanto como decir su propia vida”.

Joven Ilicitano

Yo vivía en la fría cárcel del desamor, en la que me ahogaba en un océano de alcohol; sobrevivía en una cueva-mazmorra lúgubre, tenebrosa y húmeda que rezumaba gélida soledad de nubes de granizo y hielo, en la que sus punzantes estalactitas goteaban amor llagado, ulcerado, que nacía en un oscuro e impenetrable bosque de eucaliptos y robles podridos, cubiertos de espeso musgo y maleza con surtidores de agua negra, que brotaban entre las piedras y formaban riachuelos de abandono y desdicha, hasta que llegaste tú, joven ilicitano de cálida sonrisa y labios estivales, que iluminaste con tu esplendor vitalista y solar mi vida…, tras espetarme:” Que querías iniciar una relación conmigo, que la distancia no es problema, cuando hay amor…”

Y creí ciegamente en tus palabras y me entregué en cuerpo y alma, me inmolé en el placentero altar de los sueños…, en el que las rosas del desierto se abrían mostrando su belleza interior, enigmática, poblada de mariposas multicolores que surcaban los prados, en los que cabalgaban en estampida, enloquecidos, los blancos y viriles caballos del deseo y los negros alazanes del sexo que relinchan a la luna de cuarzo y amatista; los potros desbocados de la fiebre con la que un cuerpo joven carboniza la atmósfera cargada de lágrimas de fuego que chorreaban por los embudos de cobre y bronce, en los que corre la lluvia ácida de azufre que inunda el fondo de las tinajas de barro, cuando fermentan tumultuosamente en rojo pasión, manchando la impoluta y blanca cal de las paredes de las bodegas centenarias, en las que están dibujados con sangre los amantes del poeta, cuyos retratos forman una galería de cristales venecianos de belleza anhelada.

Los mancebos de ojos negros y suave piel africana, cobriza, cuyo tacto calcinaba sus manos en la antorcha de los anhelos, que forma dunas de arena incendiaria en el fascinante oasis en el que se bañan los cuerpos adolescentes; los muchachos turbadoramente hermosos coronados de erotismo puro, inmaculado, cual dioses que pasean orgullosos por el césped seco del solitario y desvencijado embarcadero del amor imposible; el puerto en el que sestean y bailan las barcas de porcelana iluminadas por sus blancas velas; el malecón de los descorazonados de alma frágil, sensible, en el que los trasatlánticos que surcan los mares de petróleo encallan contra las rocas, hundiéndose lentamente, hasta alcanzar las profundidades marinas en las que yacerán para la eternidad, ocultando sus tesoros a la codicia humana que pisa la flor del azafrán y no aprecia el olor de las acacias.

Te coroné y adoré, amor mío, como a un dios -eras mi dios del Olimpo, mi Apolo- con pámpanos y uvas en la alta noche báquica, en la que en las viejas tabernas bebíamos el vino empalagoso, dulzón de la felicidad, que bellos efebos coperos escanciaban de cráteras helénicas adornadas con sátiros y faunos, en copones con incrustaciones de oro y diamantes, engarzados con perlas, cuyas ostras aún nadaban en un mar adormecido, somnoliento, que acariciaba los pies de los amantes que tomaban el sol en las playas griegas, junto al dorado sexo prohibido que dormía en su cama de mullido algodón lujurioso, cubierta con dosel de delicado paño impregnado de aroma de alhelí.

Después, al alba, ya ebrios de amor y pasión, paseábamos abrazados bajo la luna violeta por las calles largas y silenciosas de mi ciudad-isla, envueltos por el viento cálido y perfumado del mosto de la vendimia, que empapaba los viriles torsos tatuados y atléticos de los jóvenes obreros que iban a sus faenas escuchando música de acordeones lejanos, melancólicos, y nos veían cruzar dichosos las callejas habitadas por sombras alucinadas, esperpénticas, que huían espantadas hacia la luz de las farolas, ocultando tras ellas misteriosamente sus rostros de jaspe cubiertos con máscaras y maquillajes con los que se camuflaban en el hipócrita carnaval de la vida.

Nos amamos durante tres meses en un loco, furioso y arrebatador e intenso amor-pasión, en el que rocié tu espalda de arcángel-Adonis tallado en bronce con nenúfares, adelfas, celindas, azahar y pétalos de rosas rojas recién cortadas, aún húmedas, mientras ungía delicadamente con aceite de oliva virgen y esencias de romero y nuez moscada tus piernas, hermosas como columnas corintias labradas de filigranas cuyos frisos y capiteles palpaban el cielo y te hacían gemir de placer junto a mí, cuando acariciaba tus pezones tersos, erotizados…, pero inexplicablemente todo lo destruiste con un frío mensaje de móvil, con un violento hachazo:

”…No tengo claro que lo nuestro siga adelante. Pensaba que la distancia no sería problema, pero sí lo es. Perdóname, Joaquín. Lo siento mucho…”

Y tu helador texto hirió terriblemente mi orgullo de enamorado, como sucias navajas ensangrentadas se clavaron en mi mente y me hundieron en la desolación, como un afilado cuchillo oxidado, rompiendo de un tajo seco el espejo de los sueños, las ilusiones de recorrer los caminos juntos, que ya habíamos trazado, tras arrojar nuestro mensaje de amor en una botella al caudaloso e impetuoso río que desemboca en el mar que lame las costas de coral, cual marineros naufragados bajo los cocoteros que despliegan su bandera blanca y escuchan el canto de las sirenas con la esperanza de que el viento arrastre sus voces hasta los barcos que fondean cerca.

Tras la ruptura, sobrevino, como un violento huracán que sólo deja a su paso muerte y dolor, un nuevo brote depresivo, las pastillas, la tristeza, el desengaño, la ansiedad, la angustia, el miedo cerval, el desconsuelo de saber que ya te había perdido y que caía nuevamente en las garras cainitas de la soledad, que me ahogaría en un furioso oleaje de melancolía y lágrimas de luto, en una cloaca de cieno al conocer que ya no me amabas, que nada sería igual, aunque salváramos la amistad…

Hoy, en la dura y cruel soledad del piso que habito y que ayer tú llenabas de alegría, evoco con nostalgia aquellas noches de frenesí, en las que me estrechabas entre tus brazos de cristal de roca y dormíamos abrazados o con las manos entrelazadas, ¿recuerdas?, acariciándonos, mientras besaba tu boca que sabía a miel y canela; tu torso alado de ángel inmortal esculpido en marfil y mármol blanco; tu pecho de acero forrado de nácar negro y tus labios de fuego que abrasaban como cenizas candentes, cuando mordían apasionadamente los míos, que al amanecer se incendiaban al agitarlos el suave viento del deseo que empuja las hojas verdes de aguamarina y esmeralda del árbol milenario de nuestro amor diferente; las olas de lapislázuli que eran fragmentos de lienzo azulado, inmaculado, convertidos en jirones de las finas sábanas bordadas de encaje que nos cubrieron de pasión y que aún conservan la esencia del perfume exquisito de tu cuerpo con fragancia a jazmín y albahaca, a mejorana y hierbabuena salvaje que crece junto a las orillas de los ríos de espuma enamorada, en el que nadan desnudos los amantes distintos, los estigmatizados por la sociedad bienpensante que desconoce el perfume del arrayán.

Sé feliz, amor mío, joven ilicitano, que desgarraste mi corazón, pero al que no guardo rencor -no se puede odiar a quien verdaderamente se ama tanto-, muchacho que tienes el aroma meloso de las palmeras y dátiles de tu tierra, como el dulce y aromado sabor a melocotones maduros de tus labios voluptuosos, sedosos…, que busco inútilmente en la soledad de mi lecho vacío, deshabitado sin ti, sin tu dorada y tibia piel mediterránea que sabía a frutas del paraíso, a néctares exóticos.

Ahora, cuando ya el otoño muestra su cara más afligida anunciando el frío invierno, evoco aquellas noches irrepetibles en las que bebíamos el delicioso y embriagador licor de dátiles de tu ciudad natal, ¿recuerdas?, cuando éramos felices y nuestro amor era puro y ardiente, como el de dos adolescentes que se besan por primera vez bajo los almendros en flor y depositan sus pétalos sobre su desnudez efébica.

Amor mío, sé feliz, mientras yo envejezco en soledad rodeado de recuerdos, que laceran mi corazón roto. Ojalá encuentres el amor a la sombra del “Palmeral”, joven ilicitano que me entregaste vida y muerte casi unidas, cogidas de la mano temblorosa, seca, sarmentosa y helada del amor-desamor que, como nieve negra que hiela los frutos tropicales, marchitó mis esperanzas, llenándome de desencanto, sumergiéndome en un oscuro y negro túnel, en el que la luz es tenue sombra mortecina que ilumina una débil vela casi apagada por la brisa heladora del desamor, la galerna, el tornado del desafecto, el ciclón que destroza todo.

Sé feliz, muchacho ilicitano, que me hiciste vibrar de amor, ya en el amarillento ocaso crepuscular de mi existencia, cuando nada esperaba y todo era nostalgia, ausencia, voces y ecos lejanos que oigo en el sobrecogedor silencio, cuando el mar duerme bajo la luna llena, que delata a los amantes que se aman bajo las viejas barcazas y góndolas de madera raída y putrefacta, en las que los pescadores de plata ahogaron su vida, ya olvidada, enterrada en el fondo cenagoso del mar que bate impetuosamente las caracolas cubiertas de lava volcánica, junto a las ballenas cuya piel empapada en alquitrán custodian sus esqueletos picoteados por las gaviotas que graznan su dolor y ladran a la muerte, cual perros atormentados por el miedo, que se esconden en sus cubiles, como chacales que aúllan a la luna que los ensombrece con su grandiosidad de astro enamorado y enloquecedor.

Y recuerda siempre-no lo olvides-, que nadie te amará como te amó el poeta, que nadie ceñirá ya tus sienes romanas con el laurel del triunfador…Ese privilegio sólo te lo concedió el vate, que yace ahora derribado, vencido, solo, ausente, errante, como un niño abandonado o un naufrago en una isla…, entre la espesa niebla de las tumbas rotas y mohosas por el tiempo y el olvido; como un espectro perdido entre las fosas y lápidas cubiertas de verdín del viejo, sucio y abandonado cementerio del desamor, en el que las lagartijas crían entre marchitos jacintos, tulipanes, magnolias, azucenas y crisantemos, cuando escribe estos versos para intentar calmar su angustia y poner bálsamo sobre las heridas abiertas, aún sangrantes…, como terapia que le aconseja su psiquiatra y amigo.

Sé dichoso, amor mío, joven ilicitano de cabello negro como el carbunclo y ojos de zafiro y preciosos dientes blancos como perlas, que, en tus sensuales labios te llevaste las huellas imborrables de mi amor, aquel amor que nunca volverás a tener –nadie te amará como el poeta- y algún día recordarás, añorarás, cuando sientas el mismo desgarrón que, cual daga envenenada con cicuta, penetra lentamente destrozando tus sentimientos más íntimos.

Sé feliz en tu “Ciudad de las Palmeras”, príncipe de mis días de vino y rosas, mientras bebo en soledad el vinazo turbio y áspero de la decepción, la frustración que, como droga, anestesia, mitiga mi dolor más agudo, cuando apuro hasta el fondo el néctar agrio de la copa del desdén; el cáliz rebosante de amargura, en este 2 de noviembre de 2005, en que cumples treinta años y deposito estos versos, cual lilas frescas y perfumadas, sobre el panteón en el que has sepultado los restos de nuestro amor, tras talarlo de raíz como a un viejo árbol seco y enfermo.

Yo regreso a mi ataúd bordado de soledad, al catafalco en el que me cubro con el manto de terciopelo negro y ajado, que sólo los “Raggazzi de vita” acarician con sus manos expertas…Se acabaron las noches ardientes y los días dulces del amor, el despertar junto a tu cuerpo, acariciando la cicatriz de tu vientre de bronce y tus prietos y rotundos muslos húmedos; las duchas juntos, enjabonándonos…; los desayunos de yogur griego y mermelada ¿recuerdas?. Ya todo es historia, melancolía de tiempos idos.

Sé feliz allá, en tu tierra fenicia y árabe, en la que mis antepasados paternos tenían sus raíces, muchacho de sonrisa cómplice, franca, espontánea que me guiaba en el silencio sobrecogedor de los deseos agónicos, cadavéricos, que cruzan el desfiladero peligroso y abrupto en el que las águilas anidan entre los roquedales puntiagudos de vidrio, coronados de nubes púrpura y en los que la escarcha esculpe con su cincel de fragua incineradora esculturas de monstruos aterradores, que los relámpagos de la tormenta iluminan y llenan de vida mitológica, haciendo de ello un espectáculo único de sombras, luces y sonidos huecos, vacíos, que ciñen tus pestañas con hiedra trepadora, que penetra por las ventanas y balcones de los locos de amor, los enamorados del amor imposible, los que saben que aman tanto, que terminarán solos.

Adiós, amigo, te deseo lo mejor, pero presiento que no tendrás suerte, que también te clavarán el fino estilete del desamor, amor mío, ser angelical que me fascinaba hasta extasiarme –mi ángel salvador …-; criatura de belleza deslumbrante como el rubí en la que crecen nardos y violetas, que subliman mi tristeza en las noches frías de desamparo, en las que siento tu lengua recorriendo lentamente mi cuerpo, deteniéndose…, acariciando mi sexo.

Aún escucho tu voz amiga, insinuante, llamándome; los latidos de tu corazón, tu excitación…, cuando salías de la ducha y cubrías tu desnudez con el albornoz blanco, mientras te afeitabas en el espejo modernista del baño y el vaho celoso envolvía con satén tu bello semblante, tras el enfurecido oleaje que se estrella contra el rocoso acantilado de los sueños, en el que vuelan los negros cuervos del inhóspito y asfixiante desafecto, que con sus sucias garras infectan el corazón sensible de los poetas.

Los viejos hechiceros y cantores de la tribu que saben que predican en el desierto árido de la incomprensión, en el que en las vacías cuencas de los ojos de las calaveras brotan flores secas, muertas, que son paisaje único de desolación y terrible soledad cuyo viento huracanado arranca tormentas de arena que cubre los ojos de los amantes, convirtiéndolos en paseantes ciegos, que se golpean contra las sombras sordas del desengaño y se filtra por los huecos de las tapias del gris cemento del fracaso y profundiza hasta los cimientos, clavando sus colmillos ensangrentados en las raíces de la casa del amor, en el templo de los adoradores de Eros y Apolo, en el que sus diáconos de belleza exótica, sus faunos tocados por la gracia celestial de los dioses, veneran a sus amantes, en el altar construido con sal y espuma del mar, que acaricia tiernamente, suavemente, delicadamente sus cinturas y torsos, sus labios de frambuesa.

Adiós, amor-amigo, amor-amante, que los dioses te coronen de estrellas y constelaciones y pinten con carmín rosa almagre tus labios ardientes, que tu belleza de lirio azul hará oscurecer entre la arboleda del monte de los deseos imposibles, en el que sólo los sueños son realidad palpable, viva, como el verdadero amor que te tuve, que aún destila amargura en el alambique de este extenso poema en prosa, que, quizás, seguramente nunca leas, pero que yo escribí para ti con la sangre roja del corazón y los ojos empapados en lágrimas, transido de dolor, joven ilicitano, sol y luz de aquellos meses felices, en los que volví a sentir el AMOR, el amor que huele a jazmín y posee la belleza de la flor del granado macho, que nace en los frondosos huertos de tu tierra, junto a las palmeras que repletas de dátiles endulzan los labios de los amantes como tú y yo, en aquellos dichosos meses estivales, en los que el amor embriagó mis labios empapados en la saliva con sabor a coco y vainilla de tu lengua.

ADIÓS, MUCHACHOS. 2005.

“Este cuaderno dedicado a Joaquín Brotóns, en edición  de 250 ejemplares para amigos y con el dibujo en la portada “El sueño del poeta” (100×70 cms., tinta/papel, 1991), de Joaquín Morales Molero, se terminó de “tirar” el día 30 de noviembre en Gráficas Carrascosa, de Valdepeñas, siendo dirigido por Manuel Carrascosa y estando al cuidado de Ibrahím Mota Verdejo, director de la colección “El Café de papel”,  que editó: PUBLICACIONES DE LA LIBRERÍA IBRAHÍM, en la citada colección: El café de papel, Valdepeñas, 2005, que, bajo el título: “Adiós, muchachos” publica 5 de los 6 poemas redactados por el vate valdepeñero entre  los años 2002-2005, cuando su producción poética es escasa, pero de enorme calidad literaria, según la crítica especializada, que lo considera uno de los mejores poetas de su generación….”.

De dicho cuaderno: “Adiós, muchachos”,  escribió Pascual Antonio Beño Galiana, licenciado en Filología y Letras, en la especialidad de Filología Hispánica, poeta, narrador, ensayista , dramaturgo y crítico literario, en una  reseña que publicó el diario de Ciudad Real:”Lanza”, el 3/2/2008.: ”…Son cinco poemas en prosa de magnífica factura que descubren ciertos aspectos de la vida sentimental del autor y de la juventud actual.

Y lo hacen con una prosa fresca y rica, en la que sorprende su lenguaje sugerente, sus imágenes precisas, el rítmico caminar de las palabras…”.

Adiós, amigo.

Yo creí haber encontrado en ti
el amigo ideal, soñado,
el compañero con el que compartir
la vida-sueño,
el amor que ya se atreve a decir su nombre.
Pero todo fue un fracaso,
un error.
Tú nunca darás el paso,
vivirás oculto, como tantos otros,
tras tu frágil máscara de cristal ahumado,
escondido entre la fina escarcha lunar
de tu timidez…,
ocultándote a los ojos azules de la vida,
negándote a ti mismo.

Adiós, amigo.
que los dioses te concedan
el don de la felicidad.

Said.

La vendimia ya había comenzado y toda Valdepeñas era un gigantesco lagar que olía a mosto fermentado y que inundaba, con su perfume, mi amada ciudad, mi ínsula báquica.

Yo estaba degustando una copa de vino en el mostrador de una vieja taberna solitaria cuando un joven y guapo árabe, de ojos negros y piel cobriza, se me acercó para pedirme trabajo. Lo invité a una botella de agua –tenía mucha sed- y le dije que yo no tenía tierras, pero que intentaría ayudarle a encontrar trabajo.

Aquella noche hablé con un amigo agricultor que lo contrató como vendimiador.

El jornal era normal e incluía manutención, pero no tenía donde dormir y las pensiones y hostales eran caros para su magrísima economía así que, como me pareció buen muchacho, le ofrecí la vieja casa familiar, que permanecía cerrada y abandonada, pero en la que aún no se había cortado la luz ni el agua y tenía un dormitorio completo que, todavía, no se había desmontado. Said aceptó agradecido mi ofrecimiento.

Pasaron varias semanas sin verlo hasta que un día, cuando el sol era más abrasador, lo vi encima de un tractor cargado de uva blanca, y su torso desnudo, broceado por el sol, brillaba como un astro en plena noche oscura como anunciándome el placer que recorre con su escalofrío la espina dorsal de los amantes furtivos, mercenarios…

Finalizadas las faenas de la vendimia, la tarde que cobró su trabajo, me llamó al móvil y me dijo:

–Ya me voy y quiero que tengas un recuerdo mío. Ven a tu casa sobre las diez y te entrego la llave.

Así lo hice. La puerta estaba entreabierta y sólo fue necesario empujarla. Crucé el zaguán, subí la escalera y al llegar a la primera planta lo llamé varias veces:

–¡Said, Said! ¿Dónde estás?

Nadie contestó y pensé que se había marchado ya, sin despedirse, como tantos otros, aunque una extraña esperanza me embargó mientras recorría, nervioso, las distintas dependencias de la morada familiar hasta llegar a la alcoba amueblada. Toqué con los nudillos a la puerta y escuché su cálida voz insinuante diciéndome:

–¡Pasa! ¡Pasa!

Estaba casi desnudo –sólo un pequeño calzoncillo blanco lo cubría- sobre la colcha, oferente, bellísimo, como un dios griego e inmortal, como un “ángel terrible” me espetó:

–Sé que te gusto.

Allí nos amamos, media hora después nos duchamos juntos, sonrientes, plenos de felicidad. No he vuelto a saber nada más de aquel chico de mirada enigmática pero aún no he conseguido olvidarlo, especialmente el perfume de su cuerpo desnudo, su piel finísima, sus labios húmedos, sensuales, su sexo espléndido, magnífico, rotundo…

Cada vendimia, cuando el crepúsculo se tiñe de rosa pasión, me acuerdo de Said ¿Qué habrá sido de su vida? Tenía veinticuatro años y en su país jugaba en un equipo de fútbol muy pobre. Su sueño era ser futbolista en España.

Joven obrero.

Regreso, tras más de quince años de ausencia, al barrio marginal de mi ciudad natal; en él, tuve mis primeras relaciones homosexuales con un joven y varonil obrero de dieciocho años que vivía humildemente y vestía ropa interior de color gris, que cubría un “mono” de trabajo tintado en color azul ¿Qué habrá sido de aquel bello y fibroso muchacho? ¿Vivirá aún en la gran ciudad a la que se marchó? Sé que se casó y fue padre de varios hijos, pero que tampoco fue feliz.

Ahora, cuando visito de nuevo aquella barriada del extrarradio de mi ciudad-isla –en la que el paro, la droga, la pobreza y la marginación siguen haciendo estragos-me emociono al recordar aquella época de juventud, oscura y represora, reprimida, de rosario y sacristía y que apestaba a franquismo inquisitorial… pero en la que nosotros, jóvenes atrevidos, llenábamos de luz y sexualidad.

Ya nada es igual en esa zona apartada y postergada de la Ciudad del Vino. Las calles, que eran de tierra, ahora están asfaltadas; las casas ya no son de adobe ni están encaladas con impoluta y blanca cal que, en las tardes de verano, proyectaban sombras enigmáticas.

Todo es distinto en el antiguo barrio proletario, pero en la oscura callejuela, en la que nos besábamos furtivamente aprovechando la oscuridad de la noche y la poca iluminación de la zona, aún se conservan un par de humildes viviendas, que permanecen abandonadas por sus moradores, junto a la vieja bodega familiar en la que, tantas veces, nos entregamos a nuestra pasión ardorosa y juvenil, adolescente y desenfrenada, y que envolvía, aterciopeladamente, nuestros cuerpos desnudos bajo su sábana de pureza, en aquellas noches frías de crudo invierno, cerca de la chimenea, en la que encendíamos fuego y bebíamos vino para calentarnos, mientras los infernales rugidos del silencio enmudecían y acariciaban nuestros torsos jadeantes, sudorosos, trémulos de pasión… y la luna llena, helada –frío espejo deforme de los sueños- nos vigilaba atentamente con su cuchillo de azufre, con su látigo de deseos coronados de estrellas y constelaciones celestiales, que nadaban en un enfurecido mar de algas abrasadas por el fuego candente del erotismo y la sensualidad y que empujaba a la playa olas de lava volcánica, cenizas al rojo vivo que brotaban del cráter de nuestra pasión.

Ahora, cuando ya han pasado más de treinta y cinco años de aquel amor efébico, de aquella vehemente locura juvenil, arrebatadora e irrefrenable; ahora, cuando ya nada sabemos el uno del otro, me emociono extremadamente, hasta brotarme las lágrimas, mientras camino lentamente, pesadamente, y evoco aquellos días de juventud dionisíaca, de sexo espontáneo, natural y necesario, entre dos muchachos de diecisiete y dieciocho años que se deseaban, en una sociedad mojigata, que no era la suya y que comenzaba a marcarlos a fuego, a estigmatizarlos, a segregarlos y a ridiculizarlos por su diferencia.

Donde quiera que estés, loco amante de juventud, fiel compañero de aventura, sirvan estas palabras de homenaje a ti, cálido amigo, joven obrero que, con tu ternura y camaradería, me hiciste feliz en un mundo oscuro, tenebroso, y que me marcó para el resto de mi vida.

Ajuste de cuentas.

Se acabó ya la fiesta
y la resaca muestra su careta de cadáver maquillado.
Cumplidos cincuenta y dos años,
cuando los muchos excesos pasan factura
y mi vida es un edificio declarado en ruina: pobre, triste, solo, sin
amigo, crucificado por mi homosexualidad,
malfamado, desprestigiado por mezquinos detractores
que han convertido mi vida-obra en una leyenda negra,
estigmatizado, ninguneado…;
ya nada tiene sentido.
salvo intentar sobrevivir a la mediocridad y vulgaridad.

Desengañado de todo y de todos,
cuando ya mi único amigo verdadero es el alcohol,
sólo queda envejecer con dignidad en una sociedad deshumanizada,
hipócrita y materialista que detesto tanto como ella a mí,
mientras mi vida se va hundiendo poco a poco,
lentamente,
año tras año, como esas quinterías
que encontramos abandonadas, casi derruidas
-esqueletos de sombra y fuego-
en medio de la terrible y sórdida soledad del campo manchego:
hundida la techumbre, arrancadas tejas, puertas, ventanas, rejas,
columnas, brocal y pila de piedra, tinajas de barro… (todo ha sido
robado y vendido a los mercaderes),
solamente se mantienen en pié,
como memoria histórica -fieles testigos de su ayer-,
fragmentos de gruesas murallas
que ilumina la luna llena con su instantánea de espejo fotográfico
en sepia y blanco y negro.

Nada queda ya de su pasado esplendor. Hoy son nido de alimañas y las ratas corren
aterradas y chillan entre el escalofriante
hielo de la soledad que cubre sus viejos cascotes,
en los que la pátina del tiempo ha dibujado,
grabado en la cal,
el rostro de sus antiguos moradores.
que yacen bajo la tierra materna de las viñas
o mueren cada día, como el autor de estos versos,
en una vida, que ya no es vida plena, intensamente vivida,
en la que creí ciegamente en el ser humano…,
en la amistad, en el amor, en la literatura…

Pasada más de la mitad de la vida, sintiéndome íntimamente fracasado,
-hipersensible, idealista, depresivo, inútil para lo práctico, dipsómano-,
veo en el agua turbia del pozo negro,
en el que se ha convertido mi vida, que todo fue un engaño, un sueño,
que solamente me queda la poesía, si es que ella -“la gran ramera”-,
furcia de mil caras y labios repintados en rojo pasión,
en rojo sangre…, aún sigue amándome.

Sixto.

Para Matías Barchino.

Lo recuerdo cuando era un niño, junto a sus hermanos. Después, finalizada la adolescencia, convertido en un joven viril, que acababa de perder a su padre, lo traté en algunos bares, en noches de copas, junto a otros muchachos de su pandilla.

Tendría poco más de veinte años cuando se marchó y no lo he vuelto a ver más. Supe, años más tarde, que no había encontrado su camino y que descendía por la pendiente oscura y tenebrosa de la marginación y el submundo de la droga más negra y sucia, transformado en una marioneta rota, en un muñeco de cristal, que vivía en el filo mortal de la navaja, en el borde peligroso del abismo, junto al acantilado rocoso en el que se estrellan las gaviotas que intentan besar los labios rosados y voluptuosos de Icaro.

Hace poco tiempo que un amigo me comunicó que lo habían encontrado muerto en una callejuela de una ciudad turística del sur español en la que malvivía, convertido en un espectro, enfermo, solo, abandonado de sí mismo y arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido.

Los dioses le permitan encontrar la ansiada paz que, quizás, nunca tuvo aquel chico bello, orgulloso e inteligente, que conocí en sus años esplendorosos y dorados; aquel joven lleno de vida que, creo, nunca superó la pérdida de su progenitor y la posterior desestructuración familiar, aquel efebo rubio de ojos misteriosos y labios sensuales, tras su coraza de hombre duro, escondía una sensibilidad extrema, delicada, frágil…

Sixto fue un rebelde inadaptado a la sociedad-máscara y debió sentirse terriblemente solo y desengañado, perdido en un mundo que no era el suyo y que le mostraba sus garras de fiera hambrienta, su cara más amarga y agria, más cruel y despiadada.

Fracasado, derrotado y vencido en plena juventud, no pudo o no quiso luchar, enfrentarse a un mundo, ruin y feroz, y se dejó arrastrar por las ruinas de la autodestrucción; se dejó caer por la pendiente infernal –como tantos otros cuyas vidas, truncadas y rotas, agonizan en las calles de las ciudades y pueblos habitados por sombras maquilladas que danzan enloquecidas a la negra luz de las estrellas muertas, caídas del cielo cuando la noche es más gris, fría y desolada, cuando la soledad y el desamor acuchillan, con sus afiladas aristas de hielo y escarcha, el corazón de los más sensibles, cuando las ásperas sábanas del abandono acarician el alma de los más frágiles seres humanos –como Sixto, que tras su antifaz de ángel caído ocultaba esa gran ternura que poca gente supo descubrir.

JOAQUÍN BROTONS: 25 años de vida-obra (1977-2002) 2002.

Con motivo de sus bodas de plata con la literatura, el Ayuntamiento de la ciudad natal del poeta Joaquín Brotóns,  montó una exposición en Valdepeñas (Castilla-La Mancha), en el Centro Cultural “Cecilio Muñoz Fillol”, titulada “J. Brotóns: 25 años de vida obra (1977-2002), en la que de forma cronológica, el público pudo contemplar poemas inéditos, fotografías, correspondencia, retratos del poeta, ilustraciones, dibujos, collages, manuscritos, primeras ediciones de sus libros, poemarios dedicados por prestigiosos autores, entre otras.

La exposición fue acompañada de un bello catálogo de 110 páginas diseñado por los comisarios de la muestra: José Javier Pérez Avilés y Miguel Carmona, que cuidaron la edición de dicho sumario, en el que se reproducen textos sobre la obra de Brotóns, escritos por prestigiosos poetas y críticos, como: José Hierro (Premio Cervantes), Pablo García Baena (Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana) y Luis Antonio de villena (Premio de la Crítica), entre otros. Además de  poemas inéditos o no incluidos en libro de J. Brotóns, y una selección de la correspondencia mantenida con Ángel Crespo, Celso Emilio Ferreiro, Pablo García Baena, Luis García Montero, Francisco García Pavón, Leopoldo de Luis, Rafael Montesinos, Carlos Murciano, Francisco Nieva, Vicente Núñez, Rafael Pérez Estrada y Luis Antonio de Villena, entre otros escritores. Así mismo, se reproducen fotografías de infancia, juventud y madurez de J. Brotóns, cerrando el libro con la cronología y bibliografía del poeta realizada por Matías Barchino -estudioso de la poesía de Brotóns y de otros  muchos autores-, que es Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid y profesor titular  de literatura   española e hispanoamericana, en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Ciudad Real.

Marinero.

Su torso de bronce, vestido con escamas rojas,
envuelto en algas y sal, acariciado por la espuma y el
salitre del mediterráneo, olía a mar revuelto,
a puerto abandonado hace siglos.
Su cuerpo era una escultura de Apolo
dormida bajo las aguas del océano,
una ola nocturna de fuego y sol,
que se estrelló contra las afiladas rocas,
que encayó en el abrupto acantilado de los deseos.

Días de vino y rosas.

Fueron días de vino y rosas,
días dorados de mosto, íntimos, entrañables,
ebrios de amor-pasión.
Hace años que se marchó a vivir a otra ciudad,
a una gran urbe,
a una metrópoli, en la que pudiera vivir su sexualidad diferente,
sin ser crucificado…
Pero aún hoy, transcurridos tantos años,
recuerdo con nostalgia el sabor a cerezas tersas de sus
labios húmedos, carnosos, sensuales, jóvenes y llenos de vida.

Despedida.

Me arrojaste de tu reino celestial,
de tu paraíso mágico.
Y me quedé terriblemente solo,
vacío,
abandonado,
sin rumbo, perdido,
vagando de tasca en tasca,
buscando en el vino tu compañía.
Me sentí tan solo, tan desgraciado,
que hasta mis fieles perros huían mi sombra.

Sin título.

Sentí un puñal de fuego y lava,
una daga de oro y marfil empapada en vinagre y sal,
que lentamente penetraba mi corazón sangrante.
Y vi claramente en el espejo, en el que tantas veces nos
contemplamos desnudos, frente a frente, que eras tú, que
en la distancia…, pronunciabas mi nombre.

El amor que ya se atreve a decir su nombre.

No era ya el alegre y hermoso mancebo de rasgos árabes y
negros cabellos ensortijados por la luna roja y verde de los
gitanos, que había conocido años atrás, en una noche desenfrenada
de alcohol. Había cumplido veinte años,
pero aún seguía siendo tímido, indeciso, temeroso
de gozar el espléndido amor celeste de los dioses griegos, que
ya se atreve a decir su nombre y no se oculta tras sucias y
enmohecidas máscaras de camuflaje en el carnaval social;
el amor marcado a fuego con el triángulo rosa
de los ángeles y los arcángeles con sólidos y atléticos torsos
tallados en pulida madera de roble americano,
que visten ajustados pantalones vaqueros y ceñidas camisetas
de algodón húmedo, empapado en champán, en vino tinto…,
y con su cálida sonrisa cómplice abren las prohibidas
puertas de la felicidad y el placer absoluto
y emparedan entre grandes bloques de cemento armado
y afilados estiletes de cristal el vacío inmenso,
la terrible soledad a la que estamos abocados todos los
seres diferentes, especiales, los raros,
los extremadamente sensibles, los acuchillados mortalmente
en el corazón por la penetrante daga emponzoñada del desamor
y la marginación; los inadaptados… a la sociedad-antifaz
que no aceptamos el mundo real y soñamos con una sociedad nueva,
más justa, solidaria, abierta y tolerante con todos los seres
humanos que poblamos los oscuros rincones de la tierra.

Una noche de crudo y negro invierno,
cuando el silencio tenebroso y amortajado de la depresión
y la ansiedad hacían estallar mis tímpanos con su estruendo de
ciclón, con sus enloquecidos y ensordecedores gritos, lamentos y
gemidos de pavor, se decidió y llamó a la puerta de la abandonada y
vieja morada familiar en la que resido, en mi amada ciudad-isla,
acompañado únicamente por los fríos, gélidos cadáveres del recuerdo
y las sombras fantasmales, cubiertas con paños morados de luto
del pasado esplendoroso y feliz…,
que con sus aullidos de lobo en celo, en noche de luna llena,
atormentan, torturan mi mente, en la tiniebla de la soledad más
feroz y cainita.

Nunca olvidaré aquella noche, aquel amanecer lleno de luz, en el
que fui inmensamente feliz y reencontré el amor, el amor que se
agiganta entre las crestas de las olas y ya se atreve a decir su
nombre, a pronunciarlo con mayúsculas: AMOR, AMOR, AMOR.
Nunca olvidaré el cálido temblor de su cuerpo desnudo
junto al mío; el exquisito y embriagador perfume de su áurea piel
de hilo de Holanda con aroma a membrillos tersos,
recién cortados del árbol mitológico de la vida;
la ternura de sus caricias sensuales; la pasión desbordada
e incontenible de sus besos de fuego, que buscaban desesperadamente
mi boca; la amistad y entrega fraternal del joven
camarada con el que compartir la vida-sueño…; el sueño
imposible del alto amor, del gran amor estigmatizado, que ya
se atreve a decir su nombre en voz alta y no se esconde en
las tinieblas, en las cloacas asfixiantes de la mentira y la
hipocresía.

Para Tomás Casero Becerra.

Cuando en alguno de los bares nocturnos
a los que sueles ir, un cuerpo joven, adolescente,
se insinúe cálido, ardiente, prometedor…,
cuando te ofrezca su tentadora belleza
de arcángel-apolo coronado de laurel,
de efebo asaeteado en su desnudez cómplice,
no renuncies nunca, amigo mío,
pero no mendigues el amor,
no aceptes dávidas
ni limosnas de amor,
del amor que tú le regalas
tan generosamente.

A Pablo García Baena.

Aquella noche, un viento huracanado
batía las olas contra la playa.
Nos refugiamos en un restaurante
del paseo marítimo.
Allí, junto al amado mar,
degustamos unas copas de vino blanco.
Y me hablaste de Córdoba, de la ciudad
sensual y vitalista de tus años moceriles,
de la Córdoba de “Cántico”.
Después, nos marchamos a un bar nocturno.
Tú te quedaste en la barra,
charlando con un amigo.
Yo me perdí entre los labios de un dios
oscuro. Y fui dichoso…
Eran los últimos días de verano.
Y el invierno amenazaba con su rostro
frío de tristeza y melancolía.

Para Valentín.

A veces, cuando la soledad
me atormenta y estoy triste,
deprimido,
angustiado,
cuando me siento terriblemente solo,
exiliado…,
me pregunto,
qué hacemos tú y yo
tan lejos el uno del otro.
Y qué me retiene aquí, en mi ciudad-isla.
Pero siempre me salva
la esperanza en el futuro,
los maravillosos recuerdos: Tu cálida sonrisa
en las noches en que sales a esperarme
o nos citamos en la vieja taberna.
Y allí, en uno de esos rincones
íntimos, queridos, familiares,
sobre un roto velador de mármol amarillento
compartimos en franca camaradería
una frasca del vino de nuestra tierra.
Y después, al alba,
cuando la ciudad comienza a despertarse,
nos vamos a la cama juntos
y hacemos el amor felices, gozosos,
hasta que el caliente sol del mediodía
penetra por la ventana
y nos sorprende desnudos, sudorosos,
abrazados,
aferrados a un raro y bello amor.