Opiniones y Críticas

“Rica, viva, palpitante, es su poesía de la experiencia: el callejeo nocturno, la esquina cómplice, la cita dudosa entre temor y deseo, nos dan un friso anacreóntico de esa Valdepeñas que imaginamos en este octubre declinante, casi como bacante de morados racimos y pámpanos y labios en ofrenda”.
Pablo García Baena.
(Premio Príncipe de Asturias y Premio Reina Sofía de poesía Iberoamericana)

“El espejo de la belleza me parece un libro serio, lleno de poesía; un ejemplo de que no hay que ser grandilocuente para hablar de belleza. Lo importante es hablar del deseo, y su libro averigua en qué parte de la ciudad moderna está el actual deseo de la vida”.
Luis García Montero.
(Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica)

“Es una poesía de testimonio interior, y una poesía de signo romántico. Es romántica porque es una poesía de desengaño, es una poesía de desencanto. Yo no he visto persona más huidiza que Joaquín Brotóns en su poesía. No he visto un ser más tierno, más sentimental, más desamparado que J. Brotóns en su poesía. Es un poeta romántico de hoy, naturalmente, y nadie crea que esto tiene unas significaciones esprocerianas o becquerianas, ni mucho menos, un poeta romántico en el sentido de que cree en su propio ”YO”, de que ve la realidad como algo adverso, de que cree en el destino”.
José Hierro.
(Premio Cervantes)

“Cuatro libros que, en tan pocos años y a tan joven edad, suponen una ejecutoria de poeta que tiene mucho que decir. Y que lo dice con vehemente expresividad. Desde la primera página me ha impresionado la comprensión dramática de la existencia que preside su escritura”
Leopoldo de Luis.
(Premio Nacional de las Letras Españolas)

“Claro que la impudicia de nuestro poeta viene velada por su devoción a la belleza que, si entendida a su aire, con los vaivenes propios de su zarandeado sentir, no deja de servirle de freno, y eso gana su poesía, que incita reiteradamente al amor a los hermosos cuerpos adolescentes, que se alza en plenitud hedonística, pero que, en determinado instante, se detiene a proclamar su condición de hombre con los demás, de poeta entero. La erótica de Brotóns -y nombro la palabra por primera vez- se arropa en una sencillez, en una expresión directa nunca descarnada, o en un jugoso metaforismo subyugante”.
Carlos Murciano.
(Premio Nacional de Literatura)

“Joaquín Brotóns es un poeta audaz y comprometido con sus propias ideas, el cual, se ha despegado del tradicionalismo poético, para alumbrar nuevas parcelas de la creatividad lírica. Joaquín Brotóns es uno de los valores más interesantes de la joven literatura manchega actual”.
Francisco Nieva.
(Académico de la Lengua Española  y Premio Príncipe de Asturias)

“Nos arrebata en Joaquín Brotóns la coherencia de sus obsesinoes, la seda tan desnuda de sus renuncias, el aire métrico que las cobija en formas extróficas de extraña seducción. Su poesía está magistralmente amasada de ensueño, de reproche y de hastío. Tiene el inconfundible estallido de la verdad”.
Vicente Núñez.
(Premio de la Crítica)

“La poesía de Joaquín Brotóns procede de la intensidad del vivir, del apetito por las formas y los seres, y se construye para salvar esa vida, y animarnos a vivir más intensamente, después de su lectura. Es una poesía, la de Brotóns, de la pasión y del cuerpo. Nos envuelve, pues, en sensualidad y propende a que la lectura sea un incendio. Su autor necesariamente es un vitalista, y escribe poesía como quien traza una línea de grueso rotulador por debajo de esa misma vida.
Sus poemas, que son pasión y vida, hablan del cuerpo (y de su melancolía) y quieren arrastrarnos a su éxtasis. Poesía, en una palabra, de vividor y para vividores, a la que no molesta, sino afilia, su halo de aceptada heterodoxia”.
Luis Antonio de Villena.
(Premio de la Crítica)

José Hierro, palabras de presentación
del libro “La soledad de la Luna”,
de Joaquín Brotóns (1981)

Se sabe en ésto, que lo que puede hacer un presentador de un libro, es exclusivamente dar tiempo a que llegue el público. Un poco del antiguo NO-DO, o del corto que se hace ahora, y sea NO-DO o sea corto, la única posibilidad que tiene siempre un presentador, si es discreto, es estar unos minutos hablando.

Yo como me he dedicado también a la poesía, hace tiempo, creo mucho más en la magia que en la técnica –evidentemente– y creo que si no hay ninguna interferencia de elementos mágicos podremos entonces hablar. Pues bien, bromas aparte; Joaquín Brotóns presenta ahora su libro, soy yo quien habla de un libro, un poco, de un libro que acaba de publicar. Saben ustedes que el crítico, el comentarista, el presentador, lo único que puede hacer es decir a los demás, a los que están ante él, miren ustedes es un libro interesante, un libro importante, asómense al libro y véanlo. Claro que eso sería muy fácil y parecería que es una forma de escurrir el bulto, de no dar una opinión. Entonces vamos a situarnos un poco dentro de las coordenadas, que dicen los pedantes, de la poesía de Joaquín. Él pertenece a un grupo, generación; lo que ustedes quieran, oleada de poetas nacidos hacia el año cincuenta, él nace, creo, en el año cincuenta y dos. Bien, te llevo treinta años de diferencia y precisamente eso tiene su gracia o su interés. Es que en los últimos años ha habido tres oleadas poéticas de carácter muy distinto. En primer lugar la mía no porque sea más importante, sino porque es más vieja; las gentes nacen aproximadamente hacia 1920. Si tenemos que caracterizar de una manera muy simplicista a estos poetas, esta oleada de poesía, hay excepciones, lo sabemos, pero en fin… (vamos a simplificar) diríamos que es el tipo de poesía de testimonio, un tipo de poesía de amargura, de testimonio sobre todo social. Hay una segunda oleada, quince años se dice que son el lapso de tiempo necesario para que se produzca otra generación, aunque hay como saben ustedes otras circunstancias distintas, y entonces aparecen otros poetas que han nacido aproximadamente hacia el año 1935, poco antes de la guerra española. Estas gentes siguen hasta cierto punto lo que ha hecho la generación anterior, lo de la poesía social, pero hacia un tipo de poesía menos comprometida, por lo menos no comprometida con partidos, o con actitudes partidistas sino comprometidas con el hombre, con el ser humano. Finalmente, hay, estos poetas actuales nacidos alrededor de 1950, año arriba año abajo. Tú, perteneces evidentemente por cronología a ella. Pones la característica, en general, de ellos. Las características son dos aunque esto parezca una broma o un disparate. De un lado, lo saben ustedes perfectamente, un tipo de poesía culturalista, y de otro lado, un tipo de poesía que vuelve otra vez a la realidad pero en cierto modo o absolutamente a la realidad interior. Y comienza tu libro, este es tu libro.
Veamos un poco qué es lo que ocurre. La poesía culturalista podríamos identificarla con un tipo de poesía parnasiana, de exquisitez en la forma, de belleza en las imágenes, es decir, una expresión puesta al servicio de un mundo rico, culto, libresco y sobre todo, antiguo. El hecho de que se vaya a Grecia buscando la fuente de vocación o de inspiración, o que se vaya a Venecia, saben ustedes que es uno de los recursos, no digo tópicos, sí, temas y recursos, de una parte de la poesía joven, llamo poesía joven a esta de los treinta años; la de menos de treinta años; veinte o veintiuno, todavía no la conozco, por lo menos yo no la conozco. Hay en cambio, otra forma que es paralela hasta cierto punto, divergente, que testimonio interior, y una poesía (probablemente haya de parecer ésto un disparate, incluso se va a sentir ofendido) una poesía de signo romántico. Hay poetas, los poetas que están dentro del mundo culturalista de Grecia, que son los poetas que saben su poema antes de haberlo escrito; esto parece una tontería, probablemente sea una tontería, pero tiene su justificación. Para mí una forma de poesía, casi todas las formas de poesía, consisten no en hacer bellos versos, plantearnos un gran panorama de lo que sea, del presente o del pasado, sino, sobre todo y ante todo, tener consciencia de que cuando el poeta está escribiendo, está descubriendo lo que quería decir; no sé si queda claro ésto que puede parecer paradójico.

Lo importante de la poesía es que uno se dé cuenta de que el poeta antes de escribir aquéllos, no sabía exactamente lo que quería hacer, es el poema quien tira de él, en vez de ser un señor que se limita a poner en un lenguaje, llamémosle poético, o versificar sencillamente, una idea que ya estaba clara en su mente. Tu poesía entonces, es romántica, es mi opinión, tú puedes naturalmente contradecirme, y sobre todo serán tus propios versos cuando los leas, los que puedan contradecirme. Es romántica porque es una poesía de desengaño, es una poesía del desencanto. Yo no he visto persona más huidiza que Joaquín Brotóns en su poesía. Te conozco muy poco, hemos venido aquí algunas veces, hemos tomado algunas copas, naturalmente el poeta tiene también que tomar sus copas, es sobre todo y ante todo un ser que está instalado en la vida, y que nunca hemos hablado de cosas tan serias como la poesía. Hemos disparatado, hemos hablado de muchas bobadas, pero en fin, bobadas que significan también un cambio de impulsos humanos, cordiales, que es importante entre los seres que vivimos. Tú eres un romántico. En cambio las gentes tienen una idea de que el romántico es un hombre estilizado, con una chalina y pensando en la luna; resulta que no concuerda con este tipo tuyo, un poco de Balzac, de hombre que está en la sociedad que ve las cosas y que no le importa demasiado y que incluso puede parecer cínico. En absoluto. No he visto un ser más tierno, más sentimental, más desamparado que Joaquín Brotóns en su poesía. Mi conocimiento de él, perdón, vuelvo a insistir por si no queda claro, está en ésto, está en sus libros anteriores, donde la palabra desencanto, donde la palabra desamor aparece incluso en los títulos. Es curioso entonces que en este libro tuyo huyas totalmente de la realidad, tú vives en una realidad, estás instalado en ella y sin embargo te defrauda. Tú buscas la protección de la luna, dices cosas muy hermosas, que no voy a comerte, naturalmente, tu papel, ¿no?; “La luna es nuestro amor”. Vean ustedes si ésto ya, incluso el recurso de la luna, no es de signo totalmente romántico: “Poeta no quieras amar con tus versos otros fuegos”. Tenemos ya el desencanto, buscas tú lo lejano, buscas lo frío, esta luna sin escamas, esta luna asexuada. Cuando de alguna manera tiene que hablar de lo que ocurre alrededor no en el espacio, fuera de él. Dice: “Tú no puedes gozar otro amor”. El desencanto, la sensación de frustración que aparece en estos versos terriblemente doloridos: “Otra silueta de nieve, de madera, de corcho…”. Es decir, todo aquello que no es lo lejano, lo remoto, lo idealizado, actitud bien romántica, es lo prosáico, lo inmediato lo que tenemos alrededor. Es un poeta romántico de hoy, naturalmente, y nadie crea que ésto tiene unas significaciones esproncerianas o bequerianas, ni mucho menos, un poeta romántico en el sentido de que cree en su propio “yo”, de que ve la realidad como algo adverso, de que cree en el destino, es decir, el destino siempre va a ser lo que va a frustrar su vida, y el hombre que está pensando siempre en la infancia, está pensando en la belleza, mira los cuerpos por la playa, pero, dentro de sí se siente (insisto una vez más) solitario, metido en una cárcel. En algún momento tiene que aceptar esa verdad, y dice: “Acepta tu destino ante la sociedad en la que vives más o menos inmerso, atado o encadenado…”. Este desacuerdo, él que utiliza un lenguaje siempre directo… es un poeta de ese signo espontáneo… hay dos tipos, maneras de hacer la poesía. Un tipo que depura sus experiencias, piensen ustedes por ejemplo en Antonio Machado, en Juan Ramón Jiménez. Hay un tipo de poeta, en cambio, que trabaja sobre la emoción misma del instante; piensen ustedes en un León Felipe. Él, Joaquín Brotóns, utiliza un lenguaje (no se parece naturalmente al de León Felipe excepto en la inmediatez) en el hecho de que nos damos cuenta perfecta de que cuando él escribe un poema, está bajo la impresión de la emoción, no lo ha dejado depurar; él, seguro que sería capaz, si ahora tiene un tipo de emoción determinada, de, al acabar de ésto, mientras yo acabo de decir las bobadas iniciales llenas de fervor, cariño y admiración al poeta, yo estoy seguro que él sería capaz de estas emociones, si las siente ahora, manifestarlas en un poema; es decir, él es una persona de signo, también en este aspecto, romántico, que se vuelca, que cree en la inspiración, que cree en el momento. No es un poeta de decantación temporal sino un poeta de inmediatez. Pues bien, él que utiliza un lenguaje total y absolutamente cotidiano, un lenguaje comprensible por la razón, sin embargo, utiliza en ocasiones no un lenguaje metafórico, sino algo así como… un subterfugio para no decir las cosas por su nombre, no porque no sepa decirlas. Cuando recurre así casi como al apocalipsis, aunque no sea el mismo número, a las trece bocas, a las trece lenguas que expulsan fuego, él podría decir perfectamente, qué parte de la sociedad, qué seres, qué puntos de vista son estos que él metafóricamente representa aquí. Es entonces, digo, y acabo con ello, una poesía que pese a su agresividad en algunos momentos, es una poesía de desencanto, una poesía de desamor, de frustración, es un poco el hombre que parece que de pronto, igual también que los románticos, sólo van a encontrar comprensión y apoyo en la luna, la casta Diana, él no lo dice, naturalmente, sí los románticos, fría, lejana asexuada sin escamas. Un hombre que huye de su realidad, que no quiere enfrentarse con su realidad y que en lugar de ir de una manera iracunda contra la sociedad, a la que no quiere pero a la que pertenece, sin embargo se refugia melancólicamente en sí. Esto en síntesis, sé, como todo lo que se puede decir en torno a la poesía, es insuficiente. Es una cosa un poco o un mucho superficial. Es la poesía, precisamente, de ahí su encanto como es el arte, lo único que nos puede decir quién es el poeta, pero cuidado, no quien cree el poeta que es, que esto es un punto de vista. Quien cree cada lector que es el poeta. Es decir, tú eres mucho más verdadero, como todos los poetas, en tus versos que en tu persona, y, desde luego, piensa que en el futuro yo seguiré leyendote, pero cuando esté contigo beberemos vino y no hablaremos de estas cosas tan importantes, que para eso ya lo dices muy bien en tu poesía. Y ahora tú, que es lo que nos interesa escuchar.

José Hierro
Premio Cervantes

Joaquín Brotóns
en su ciudad natal

No, verdaderamente el escritor Azorín no está de moda. Nadie lo lee. Y sin embargo escribió con saber y ternura de las tierras de España. Y el corazón de esas tierra es La Mancha cervantina. De sus paisajes, –varios, cambiantes, íntimos, refulgentes–, que él vio desde la mula, desde el tren, desde el paseo solitario, escogemos, arbitrariamente, estos de “La ruta del Quijote”: Una luz clara, limpia, diáfana, llena la inmensa llanura amarillenta… Se ven perderse a lo lejos, rectos, inacabables, los caminos… Esta llanura solitaria, monótona, yerma, desesperante…

En un pueblo manchego de casas blancas con cenefas azules, de iglesias y museos blasonados en caliza, de calles largas entre tapias de bodegas, de gente amable, amiga, hospitalaria, –así es la hermosa gente donde se bebe buen vino–, un poeta se ha puesto, con el atardecer, a escribir. Valdepeñas, dorada y alta en esa hora, siente el abrazo de las viñas como una tentación casi andaluza: Sierra Morena está solo a unos pasos. El poeta Joaquín Brotóns, –vital y melancólico, solitario y disperso, báquico y reflexivo–, recuerda el amor desde su casa de Buensuceso:

Sus cabellos rubios
izados sobre una torre de marfil
blanco y amarillento…
Esta voz en esta llanura solitaria, en estos caminos inacabables ¿no nos trae aromas y frescura y vuelos de pájaros en huertos edénicos? Esa llaga y llama de amor vivo ¿nos llega desde el “Cantar de los Cantares”? Y el vino rojo que el poeta tiene a la mano ¿no será el mosto de granadas salomónico? Hay en la tarde un azul de inciensos que se aleja confuso hacia las colinas lejanas, ¿Galaad?, teñidas por la niebla de los cirros.

Ahora es una mañana cuando el poeta escribe en su pequeño retiro. Hace frío y llueve. Virtudes ha traído el brasero de metal dorado por las ascuas. Toda Valdepeñas se labra en finos surcos del agua que cae por los alerones de los patios, por las tinajas porosas y próvidas. Pero el poeta oye otras aguas, la guzla de otros surtidores que dejan los labios con las grietas del deseo:

Largo tiempo contemplé
su belleza de zafiro.
Me excitaban sus movimientos
sus formas tan singulares y perfectas.
Estuve a punto de acercarme,
de gozar aquel placer.
Pero me reprimió
mi natural…

Y esta brida de templanza nos llevará al amor oudrí de las cortes califales, al “Collar de la paloma” o al “Libro de los huertos” de Ibn Farach con su casida casta:

que no soy yo como las bestias abandonadas
que toman los jardines como pasto.

Con la moscarda de la siesta Valdepeñas se adormila al calor dulce espesando los racimos. El verano lleva al poeta hasta ese diván rojo que conocemos por su poesía. Pasan por sus libros desencanto, soledad, belleza, espejos, dioses. Dioses oscuros, jóvenes, cómplices en su desnudez. Pasan como dibujados por la línea adolescente de Gregorio Prieto. Y queda la pensión sórdida, la noche de los pubs, la mercadería de los cuerpos. Mas el poeta salva la fugacidad de esas situaciones con un realismo de ojo descarnado y ajeno, como el escriba que notarialmente da cuenta de todo lo que ve:

O bien:     Durante el día
vende helados y bebidas refrescantes
en un quiosco del paseo marítimo.

Le he encontrado
haciendo la carrera
en la esquina de la calle Almirante.
Se emparra en plenitud el sol sobre Valdepeñas. Arde la cardencha junto al lagar. Están inmóviles las aspas de los molinos. Allí queda el poeta en su fabulación, “sobre los almohadones del sofá de nuestra juventud”, como él mismo nos dice. Nos lo imaginamos tal el retrato que acompaña alguna antología: el gesto falsamente adusto, el bigote entre Dalí y el Conde-Duque velazqueño. Todo un mosquetero, un franco-tirador de la poesía.

Pablo García Baena
Premio Príncipe de Asturias de las Letras

Sobre la poesía del valdepeñero
Joaquín Brotóns

Las fronteras de Andalucía, como las de Grecia, son amplias y difusas. Gastón Baquero, en su himno a Federico García Lorca empieza diciendo: “La frontera andaluza está en La Habana”. Cercana, pero fuera de sus límites de geografía política, se encuentra Valdepeñas, la tierra natal de poeta Joaquín Brotóns.

Las vides cercan a Valdepeñas (ciudad-isla la llamará el poeta), con el halago de una tentación casi andaluza: Sierra Morena está sólo a dos pasos. Casas blancas de cal con cenefas azules, calles largas que ajustan tapiales de bodegas, calizas blasonadas de iglesia y museos. Brillan en las tabernas, sobre los mostradores de madera, al vino cárdeno o ambarino, presto a la hospitalidad. Y hay que ahondar en la raíces de esa ciudad báquica, anacreóntica, a la que el Mediterráneo envía mensajes vivos de pasión o de melancolía, para encontrar la huella del poeta. Sus clásicos son el legado de Grecia y el mármol de las ágoras que pueden abonar las tierras albarizas, pródigas de fragancia en la poesía de Joaquín Brotóns, el vendimiador que sabe del goce momentáneo del racimo y de la amarga rúbrica del pámpano. Por todo esto, yo me imagino siempre a Joaquín como el Baco jovial que alza el cáliz de la vida en una fuente de la Villa Médicis de Florencia.

Ya los títulos de sus libros nos predisponen a esa dualidad inevitable del vitalismo pasajero; “Las máscaras del desamor”, “Amor, deseo y desencanto”, “La soledad de la Luna”, “El espejo de la Belleza”, “Poemas del amor ambiguo”, “La desnudez cómplice de los dioses”, “Reencuentro en el Sur”, “Rosas Negras”, todo un tratado sobre la fugacidad del placer y de la decepción. El paganismo de un silvano agreste encuentra en su camino al asceta de boca de ceniza como en una tabla de pintor medieval; la dicha, la embriaguez, los cuerpos hermosos, esconden el gusano de la corrupción.

José Hierro, Premio Cervantes, ha dicho que J. Brotóns: “Es un poeta romántico de hoy, naturalmente, y nadie crea que esto tiene unas significaciones esproncerianas o becquerianas, ni muchos menos, un poeta romántico en el sentido de que cree en su propio “yo”, de que ve la realidad como algo adverso, de que cree en el destino”: Un destino que pasa por sus libros emparejando soledad y belleza, chaperos y dioses. Dioses oscuros, jóvenes, cómplices. Pasan como dibujados por la poesía en línea de su paisano Gregorio Prieto. Y queda la pensión sórdida, la noche de los “pubs”, la mercadería de los cuerpos.

Mas el poeta salva el aguafuerte miserable de esas situaciones con un realismo de ojos descarnados y ajenos, como el escriba que notoriamente da cuenta de todos lo que ve.

Los viejos mitos clásicos tienen su valedor en Joaquín Brotóns, pero no es piedra sino sangre lo que él canta. Su personal estética le llevará –mares de Heracles y de Ulises– a buscar la palabra directa, concreta, y hacer de su poesía su existencia. Los sueños se desvanecen al despertar los amantes sobre la almohada negociable…

Esa ciudad-isla, esa Alejandría del jaraíz y del empotro, con los molinos inmutables sobre los oteros cercanos, interrogando al aire en brisa sabia de los siglos, verá pasar, como en rueda chispeante de fuego, los días del amor y los del desaliento. Parecerá a veces que la amargura anega las lumbrerías del deso. Pero el poeta, fiel a una pugna que sabe en los extremos, en el filo de la navaja, volverá al huerto inmarchitable de Ronsard para coger, o hurtar, las rosas de la vida.

Pablo García Baena
Premio Príncipe de Asturias de las Letras

Unas palabras para
Joaquín Brotóns

Hay poetas que erigen castillos de fantasía, imágenes de una idea. Otros, por el contrario, se atienen a las formas más decaidas de la realidad, que es a lo que se llama realismo. Unos terceros, en fin, subrayan la vida. Hacen de su poesía un ejercicio de intensidad que procede del vivir y vuelve a esa vida.

Yo he dicho más de una vez que es la intensidad lo que más me cumple e interesa en poesía, y el americano Wallace Stevens escribió acertadamente que se lee poesía con los nervios. La poesía de Joaquín Brotóns se mueve dentro de estas coordenadas. Procede de la intensidad del vivir, del apetito por las formas y los seres, y se construye para salvar esa vida, y animarnos a vivir más intensamente, después de su lectura. Es una poesía, la de Brotóns, de la pasión y del cuerpo. Nos envuelve pues, en sensualidad y propende a que la lectura sea un incendio. Su autor necesariamente es un vitalista, y escribe poesía como quien traza una línea de grueso rotulador por debajo de esa misma vida. Me atrevería casi a decir que esta poesía no es literatura (aunque toda poesía lo sea) sino incitación a una realidad apasionada. Escribí otra vez que el poema es un acto del cuerpo. Y el ya citado Stevens –en su Adagia– que el gran poema es el cuerpo. Joaquín Brotóns pone en práctica estas teorías. Sus poemas, que son pasión y vida, hablan del cuerpo (y de su melancolía) y quieren arrastrarnos a su éxtasis. Poesía, en una palabra, de vividor y para vividores, a la que no molesta por ello, sino afila, su halo de aceptada heterodoxia.

Luis Antonio de Villena
Premio de la Crítica