ADIÓS, MUCHACHOS. 2005.

“Este cuaderno dedicado a Joaquín Brotóns, en edición  de 250 ejemplares para amigos y con el dibujo en la portada “El sueño del poeta” (100×70 cms., tinta/papel, 1991), de Joaquín Morales Molero, se terminó de “tirar” el día 30 de noviembre en Gráficas Carrascosa, de Valdepeñas, siendo dirigido por Manuel Carrascosa y estando al cuidado de Ibrahím Mota Verdejo, director de la colección “El Café de papel”,  que editó: PUBLICACIONES DE LA LIBRERÍA IBRAHÍM, en la citada colección: El café de papel, Valdepeñas, 2005, que, bajo el título: “Adiós, muchachos” publica 5 de los 6 poemas redactados por el vate valdepeñero entre  los años 2002-2005, cuando su producción poética es escasa, pero de enorme calidad literaria, según la crítica especializada, que lo considera uno de los mejores poetas de su generación….”.

De dicho cuaderno: “Adiós, muchachos”,  escribió Pascual Antonio Beño Galiana, licenciado en Filología y Letras, en la especialidad de Filología Hispánica, poeta, narrador, ensayista , dramaturgo y crítico literario, en una  reseña que publicó el diario de Ciudad Real:”Lanza”, el 3/2/2008.: ”…Son cinco poemas en prosa de magnífica factura que descubren ciertos aspectos de la vida sentimental del autor y de la juventud actual.

Y lo hacen con una prosa fresca y rica, en la que sorprende su lenguaje sugerente, sus imágenes precisas, el rítmico caminar de las palabras…”.

Adiós, amigo.

Yo creí haber encontrado en ti
el amigo ideal, soñado,
el compañero con el que compartir
la vida-sueño,
el amor que ya se atreve a decir su nombre.
Pero todo fue un fracaso,
un error.
Tú nunca darás el paso,
vivirás oculto, como tantos otros,
tras tu frágil máscara de cristal ahumado,
escondido entre la fina escarcha lunar
de tu timidez…,
ocultándote a los ojos azules de la vida,
negándote a ti mismo.

Adiós, amigo.
que los dioses te concedan
el don de la felicidad.

Said.

La vendimia ya había comenzado y toda Valdepeñas era un gigantesco lagar que olía a mosto fermentado y que inundaba, con su perfume, mi amada ciudad, mi ínsula báquica.

Yo estaba degustando una copa de vino en el mostrador de una vieja taberna solitaria cuando un joven y guapo árabe, de ojos negros y piel cobriza, se me acercó para pedirme trabajo. Lo invité a una botella de agua –tenía mucha sed- y le dije que yo no tenía tierras, pero que intentaría ayudarle a encontrar trabajo.

Aquella noche hablé con un amigo agricultor que lo contrató como vendimiador.

El jornal era normal e incluía manutención, pero no tenía donde dormir y las pensiones y hostales eran caros para su magrísima economía así que, como me pareció buen muchacho, le ofrecí la vieja casa familiar, que permanecía cerrada y abandonada, pero en la que aún no se había cortado la luz ni el agua y tenía un dormitorio completo que, todavía, no se había desmontado. Said aceptó agradecido mi ofrecimiento.

Pasaron varias semanas sin verlo hasta que un día, cuando el sol era más abrasador, lo vi encima de un tractor cargado de uva blanca, y su torso desnudo, broceado por el sol, brillaba como un astro en plena noche oscura como anunciándome el placer que recorre con su escalofrío la espina dorsal de los amantes furtivos, mercenarios…

Finalizadas las faenas de la vendimia, la tarde que cobró su trabajo, me llamó al móvil y me dijo:

–Ya me voy y quiero que tengas un recuerdo mío. Ven a tu casa sobre las diez y te entrego la llave.

Así lo hice. La puerta estaba entreabierta y sólo fue necesario empujarla. Crucé el zaguán, subí la escalera y al llegar a la primera planta lo llamé varias veces:

–¡Said, Said! ¿Dónde estás?

Nadie contestó y pensé que se había marchado ya, sin despedirse, como tantos otros, aunque una extraña esperanza me embargó mientras recorría, nervioso, las distintas dependencias de la morada familiar hasta llegar a la alcoba amueblada. Toqué con los nudillos a la puerta y escuché su cálida voz insinuante diciéndome:

–¡Pasa! ¡Pasa!

Estaba casi desnudo –sólo un pequeño calzoncillo blanco lo cubría- sobre la colcha, oferente, bellísimo, como un dios griego e inmortal, como un “ángel terrible” me espetó:

–Sé que te gusto.

Allí nos amamos, media hora después nos duchamos juntos, sonrientes, plenos de felicidad. No he vuelto a saber nada más de aquel chico de mirada enigmática pero aún no he conseguido olvidarlo, especialmente el perfume de su cuerpo desnudo, su piel finísima, sus labios húmedos, sensuales, su sexo espléndido, magnífico, rotundo…

Cada vendimia, cuando el crepúsculo se tiñe de rosa pasión, me acuerdo de Said ¿Qué habrá sido de su vida? Tenía veinticuatro años y en su país jugaba en un equipo de fútbol muy pobre. Su sueño era ser futbolista en España.

Joven obrero.

Regreso, tras más de quince años de ausencia, al barrio marginal de mi ciudad natal; en él, tuve mis primeras relaciones homosexuales con un joven y varonil obrero de dieciocho años que vivía humildemente y vestía ropa interior de color gris, que cubría un “mono” de trabajo tintado en color azul ¿Qué habrá sido de aquel bello y fibroso muchacho? ¿Vivirá aún en la gran ciudad a la que se marchó? Sé que se casó y fue padre de varios hijos, pero que tampoco fue feliz.

Ahora, cuando visito de nuevo aquella barriada del extrarradio de mi ciudad-isla –en la que el paro, la droga, la pobreza y la marginación siguen haciendo estragos-me emociono al recordar aquella época de juventud, oscura y represora, reprimida, de rosario y sacristía y que apestaba a franquismo inquisitorial… pero en la que nosotros, jóvenes atrevidos, llenábamos de luz y sexualidad.

Ya nada es igual en esa zona apartada y postergada de la Ciudad del Vino. Las calles, que eran de tierra, ahora están asfaltadas; las casas ya no son de adobe ni están encaladas con impoluta y blanca cal que, en las tardes de verano, proyectaban sombras enigmáticas.

Todo es distinto en el antiguo barrio proletario, pero en la oscura callejuela, en la que nos besábamos furtivamente aprovechando la oscuridad de la noche y la poca iluminación de la zona, aún se conservan un par de humildes viviendas, que permanecen abandonadas por sus moradores, junto a la vieja bodega familiar en la que, tantas veces, nos entregamos a nuestra pasión ardorosa y juvenil, adolescente y desenfrenada, y que envolvía, aterciopeladamente, nuestros cuerpos desnudos bajo su sábana de pureza, en aquellas noches frías de crudo invierno, cerca de la chimenea, en la que encendíamos fuego y bebíamos vino para calentarnos, mientras los infernales rugidos del silencio enmudecían y acariciaban nuestros torsos jadeantes, sudorosos, trémulos de pasión… y la luna llena, helada –frío espejo deforme de los sueños- nos vigilaba atentamente con su cuchillo de azufre, con su látigo de deseos coronados de estrellas y constelaciones celestiales, que nadaban en un enfurecido mar de algas abrasadas por el fuego candente del erotismo y la sensualidad y que empujaba a la playa olas de lava volcánica, cenizas al rojo vivo que brotaban del cráter de nuestra pasión.

Ahora, cuando ya han pasado más de treinta y cinco años de aquel amor efébico, de aquella vehemente locura juvenil, arrebatadora e irrefrenable; ahora, cuando ya nada sabemos el uno del otro, me emociono extremadamente, hasta brotarme las lágrimas, mientras camino lentamente, pesadamente, y evoco aquellos días de juventud dionisíaca, de sexo espontáneo, natural y necesario, entre dos muchachos de diecisiete y dieciocho años que se deseaban, en una sociedad mojigata, que no era la suya y que comenzaba a marcarlos a fuego, a estigmatizarlos, a segregarlos y a ridiculizarlos por su diferencia.

Donde quiera que estés, loco amante de juventud, fiel compañero de aventura, sirvan estas palabras de homenaje a ti, cálido amigo, joven obrero que, con tu ternura y camaradería, me hiciste feliz en un mundo oscuro, tenebroso, y que me marcó para el resto de mi vida.

Ajuste de cuentas.

Se acabó ya la fiesta
y la resaca muestra su careta de cadáver maquillado.
Cumplidos cincuenta y dos años,
cuando los muchos excesos pasan factura
y mi vida es un edificio declarado en ruina: pobre, triste, solo, sin
amigo, crucificado por mi homosexualidad,
malfamado, desprestigiado por mezquinos detractores
que han convertido mi vida-obra en una leyenda negra,
estigmatizado, ninguneado…;
ya nada tiene sentido.
salvo intentar sobrevivir a la mediocridad y vulgaridad.

Desengañado de todo y de todos,
cuando ya mi único amigo verdadero es el alcohol,
sólo queda envejecer con dignidad en una sociedad deshumanizada,
hipócrita y materialista que detesto tanto como ella a mí,
mientras mi vida se va hundiendo poco a poco,
lentamente,
año tras año, como esas quinterías
que encontramos abandonadas, casi derruidas
-esqueletos de sombra y fuego-
en medio de la terrible y sórdida soledad del campo manchego:
hundida la techumbre, arrancadas tejas, puertas, ventanas, rejas,
columnas, brocal y pila de piedra, tinajas de barro… (todo ha sido
robado y vendido a los mercaderes),
solamente se mantienen en pié,
como memoria histórica -fieles testigos de su ayer-,
fragmentos de gruesas murallas
que ilumina la luna llena con su instantánea de espejo fotográfico
en sepia y blanco y negro.

Nada queda ya de su pasado esplendor. Hoy son nido de alimañas y las ratas corren
aterradas y chillan entre el escalofriante
hielo de la soledad que cubre sus viejos cascotes,
en los que la pátina del tiempo ha dibujado,
grabado en la cal,
el rostro de sus antiguos moradores.
que yacen bajo la tierra materna de las viñas
o mueren cada día, como el autor de estos versos,
en una vida, que ya no es vida plena, intensamente vivida,
en la que creí ciegamente en el ser humano…,
en la amistad, en el amor, en la literatura…

Pasada más de la mitad de la vida, sintiéndome íntimamente fracasado,
-hipersensible, idealista, depresivo, inútil para lo práctico, dipsómano-,
veo en el agua turbia del pozo negro,
en el que se ha convertido mi vida, que todo fue un engaño, un sueño,
que solamente me queda la poesía, si es que ella -“la gran ramera”-,
furcia de mil caras y labios repintados en rojo pasión,
en rojo sangre…, aún sigue amándome.

Sixto.

Para Matías Barchino.

Lo recuerdo cuando era un niño, junto a sus hermanos. Después, finalizada la adolescencia, convertido en un joven viril, que acababa de perder a su padre, lo traté en algunos bares, en noches de copas, junto a otros muchachos de su pandilla.

Tendría poco más de veinte años cuando se marchó y no lo he vuelto a ver más. Supe, años más tarde, que no había encontrado su camino y que descendía por la pendiente oscura y tenebrosa de la marginación y el submundo de la droga más negra y sucia, transformado en una marioneta rota, en un muñeco de cristal, que vivía en el filo mortal de la navaja, en el borde peligroso del abismo, junto al acantilado rocoso en el que se estrellan las gaviotas que intentan besar los labios rosados y voluptuosos de Icaro.

Hace poco tiempo que un amigo me comunicó que lo habían encontrado muerto en una callejuela de una ciudad turística del sur español en la que malvivía, convertido en un espectro, enfermo, solo, abandonado de sí mismo y arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido.

Los dioses le permitan encontrar la ansiada paz que, quizás, nunca tuvo aquel chico bello, orgulloso e inteligente, que conocí en sus años esplendorosos y dorados; aquel joven lleno de vida que, creo, nunca superó la pérdida de su progenitor y la posterior desestructuración familiar, aquel efebo rubio de ojos misteriosos y labios sensuales, tras su coraza de hombre duro, escondía una sensibilidad extrema, delicada, frágil…

Sixto fue un rebelde inadaptado a la sociedad-máscara y debió sentirse terriblemente solo y desengañado, perdido en un mundo que no era el suyo y que le mostraba sus garras de fiera hambrienta, su cara más amarga y agria, más cruel y despiadada.

Fracasado, derrotado y vencido en plena juventud, no pudo o no quiso luchar, enfrentarse a un mundo, ruin y feroz, y se dejó arrastrar por las ruinas de la autodestrucción; se dejó caer por la pendiente infernal –como tantos otros cuyas vidas, truncadas y rotas, agonizan en las calles de las ciudades y pueblos habitados por sombras maquilladas que danzan enloquecidas a la negra luz de las estrellas muertas, caídas del cielo cuando la noche es más gris, fría y desolada, cuando la soledad y el desamor acuchillan, con sus afiladas aristas de hielo y escarcha, el corazón de los más sensibles, cuando las ásperas sábanas del abandono acarician el alma de los más frágiles seres humanos –como Sixto, que tras su antifaz de ángel caído ocultaba esa gran ternura que poca gente supo descubrir.

Autor: Joaquín Brotons Peñasco

Poeta y narrador Español.

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